Carta desde el confinamiento
Mamá Rebe:
Ayer estuve pensando en usted y en lo mucho que deseo que esté aquí, la extraño todos los días, no se imagina cuánto. Yo sé que usted sufría, de verdad creí que volvería con nosotros, quería volver a abrazarla, quería volver a verla en su casa dándonos órdenes a todos desde su lugar favorito en el sillón. Solía pensar en todas las cosas que pudimos haber hecho juntas si no se hubiera ido. En estos momentos, que me lo pienso mejor, me pone feliz que ya no esté aquí. El 2020 nos ha traído sorpresas muy desagradables. ¿Puede creer que un virus llegó para arruinar las vidas de todos? Lo que estamos viviendo parece de película, así como de esas que le gustaban a usted, aquellas películas que cada tarde sentada en el mismo lado del sillón veía siempre con emoción e intriga. Estoy feliz de que no le haya tocado a usted vivir esta situación, déjeme le cuento por qué.
En marzo dieron a conocer que el virus nacido en Wuhan, China, había llegado a México. Las autoridades ordenaron la suspensión de clases. Conforme los días iban pasaban, el virus comenzó a llegar a más y más personas. Nuevamente las autoridades se pronunciaron y ordenaron la suspensión de labores de todo tipo: escuelas, restaurantes, tiendas, mercados, plazas, cines; todos tenían que cerrar sus puertas. Nos pusimos en cuarentena, creímos que sería cuestión de un par de semanas, quizás un mes. Los días pasaban y las noticias seguían siendo muy malas; el número de personas contagiadas iba en aumento, cada día había más y más muertos y, aún así, había gente que no creía que el virus existiera. En las noticias veíamos cómo había gente disfrutando de unas cálidas “vacaciones” en la playa, gente que creía que el virus era un invento del gobierno para joder a la gente, ¿usted cree? Desobedeciendo las órdenes de las autoridades de guardar la cuarentena muchas personas arriesgaban sus vidas y las vidas de otros.
Comencé a pensar que nosotros estaríamos bien, pero cuando el virus llegó a Nayarit, un gran miedo invadió mi cuerpo. Usted sabe que mi papá no deja de trabajar por nada del mundo; la panadería no podía cerrar sus puertas así que, siguiendo a medias las indicaciones, mi papá continuó trabajando. Repartiendo pan en varias tiendas de Tepic mi papá terminaría contagiándose, yo tenía asegurado que eso pasaría; agradezco que aún no haya ocurrido. Después de tanto tiempo con el virus viviendo entre nosotros y un papá que cuenta los billetes ensalivándose un dedo, comienzo a creer que él es inmune.
¿Recuerda a mi tío Pedro? Sí, el esposo de mi tía Amelia, hermana de mi mamá. Se acordará que mi tío tenía cáncer, mieloma, pues falleció el 22 de agosto. Sí, mi tío se contagió, este virus aceleró el proceso. A pesar de los cuidados y las medidas estrictas que tomaron, el virus llegó a su familia. Primero enfermó uno de sus hijos, mi primo Luis, ¿lo recuerda? Después fue mi otra prima, Lizeth; luego supimos que toda la familia de mi tío estaba contagiada. Creíamos que todo estaría bien, habían presentado algunos síntomas muy leves, pero un día mi tío de pronto comenzó a empeorar. Lo tuvieron que hospitalizar, y ese fue el último día que lo vimos. Casi al cumplirse el mes de haberlo internado en el ISSSTE, murió. El día antes de su muerte una doctora que lo atendía había dado la noticia de que todo parecía ir mejor, pues ese día mi tío había estado de buen ánimo y parecía sentirse más estable. Horas después de esa llamada, una de las hijas de mi tío recibió otra llamada del hospital, de nuevo era la doctora, pero esta vez avisándoles que ya había fallecido.
Como le dije, este año nos ha traído muchas cosas malas y me alegra que usted, mamá Rebe, no esté para vivirlo ni sufrirlo. Espero que esté viviendo bien allá, donde quiera que esté. Ya no le duele nada, ¿verdad? Dígame que sus manos, su espalda, sus piernas y sus pulmones han dejado de doler, dígame que está disfrutando de su nueva vida y que por fin está libre de cualquier dolor. Sea feliz, baile entre las nubes, las estrellas y los planetas.
Su nieta…
Chelito